HABANA HARLEYS

Los Últimos Héroes del Motociclismo en Cuba

Este es el resultado de dos meses de trabajo durante el verano del 2000 junto a Daniel Martínez recorriendo la isla de Cuba en busca de Harleys supervivientes y sus orgullosos jinetes. Con un presupuesto más que limitado, en un país caro para el visitante, no fue nada fácil. No teníamos visado de prensa y tuvimos que trampear el de turistas durante el segundo mes. Viajamos en todos los medios imaginables y en la mayoría de los inimaginables en el camino de Santiago a La Habana siguiendo pistas que muchas veces resultaron ser falsas. El calor tropical y la deficiente alimentación fueron ineludibles compañeros que tampoco animaron mucho pero al final conseguimos nuestro objetivo. Trabajando con medios muy precarios, una vieja Yashica 635 6x6 de mi padre y un flash Metz 45 prestado por el colega Kike Sempere, fotografiamos más de 25 motocicletas junto a sus propietarios.

Casi todas estas fotografías esconden detrás un estupendo anfitrión y en su mayoría una o dos botellas de inefable Silver Dry (Ron Blanco Seco de procedencia usualmente misteriosa) que, aunque a punto de arruinar nuestros hígados, dejaron una huella inmejorable en nuestros corazones.

 


Gonzalo Bernardo, “El Gallego”

1937 Indian Chief, Daytona Racer

Marianao, La Habana

“Cuando estaba en España durante la Guerra Civil llevaba una Harley Davidson. Por la mañana salía de Cartagena y por la noche ya estaba en Santander.”

“Esta Indian es dura como el coño y brinca como un chivo pero corre bien."

 

 

Armando Cajacake, “El Tornero”

1950 FL Harley-Davidson, 1200cc2 Panhead

Calabazar, Ciudad La Habana

“El día que decida que ya no quiero andar más en motocicleta será mi hijo Armando quien la monte; Hemos tenido que luchar duro para mantener nuestras Harleys.”

 

Raul Corral

1940 Harley-Davidson, Flatheadhead con Sidecar

Cojimar, Ciudad La Habana

“Hemos pasado hambre y necesidad en mi casa pero no vendo mi moto porque no me sale de los cojones.”

 

Oscar Raúl Sotolongo, “el nieto de Hierbabruja”

1946 FL Harley-Davidson, 1200cc2 Knucklehead

Ranchuelo, Villa Clara

“Aquí tienen su casa... ¡No se les olvide el camino!”

 

Jose Manuel Denis Pacheco

1946 Flatheadhead

Vedado, Ciudad La Habana

“Yo le echo aceite por arriba y ella lo echa por abajo y así vamos andando.”

 

Mario Mayito

1959 FL Harley-Davidson, Panhead Duo Glide

Marianao, La Habana

“No me ha dado problemas nunca. Puedes ir a donde quieras con ella, a Matanzas, a Varadero, a Cienfuegos... eso no para.”

 

Ernesto Reygosa León, “Cuqui”

1947 Harley-Davidson, Flatheadhead Custom Trike

Boyeros, La Habana

“¡Dale, dale que ahí viene un tren!”

 

Pedro Luis Sánchez Hernandez

1952 FL Harley-Davidson, 1200cc2 Panhead (1956 Ford Fairline)

Altura del Rosario, Arroyo Naranjo

“No hay nada mejor para el mal aliento que un buen trago de ron.”

 

Nelio Acosta

1947 FL Harley-Davidson , Knucklehead

Marianao, La Habana

“Lo primero que sentí cuando nací fue el ruido de una Harley. Mi papá tuvo Harley toda la vida y esa es la pasión que siempre me ha movido."

 

 

Es historia bien sabida que hace ahora cien años, en 1903, fueron construidas las primeras Harleys en Milwaukee, Wisconsin, USA, en la casa familiar de los hermanos Davidson (Arthur, William y Walter) ayudados por su buen amigo William Harley.

Las Harley-Davidson se importaron por cientos a Cuba durante la era Batista. Fue una época de intenso turismo norteamericano de la que se cuenta que la isla se había convertido en el burdel de los EEUU. Típicamente, arrastraron consigo manifestaciones de su way of life, y así llegaban inmediatamente a la isla los últimos modelos de automóviles y motocicletas de las mejores marcas estadounidenses. Las Harleys también fueron usadas abundantemente por las fuerzas de seguridad y la policía isleñas como escoltas gubernamentales y de los dignatarios visitantes. Otras muchas unidades fueron compradas por cubanos para uso particular.

Tras la revolución los productos norteamericanos cayeron en la categoría de no deseables y las Harley-Davidson se incluyeron desgraciadamente entre ellos. A pesar de que los Comandantes Ché Guevara y Camilo Cienfuegos eran conocidos aficionados a las motocicletas, un viejo rumor cuenta que en los primeros tiempos de la revolución las Harleys de la policía fueron cortadas en dos a soplete y enterradas cerca de Santiago, allá por Oriente. Otros dicen que en realidad les pasaron una aplanadora por encima antes de enterrarlas, aunque también hay quién asegura que todo eso son chismes de viejas y que en realidad muchas de las motocicletas que quedan funcionando pertenecieron a la policía de Batista.

En cualquier caso las últimas importaciones conocidas se hicieron en 1960. Casa Berto, el más famoso Servicio Oficial que la marca tuvo en Cuba, cerró definitivamente también a principios de los 60. Con el embargo, los repuestos originales dejaron de llegar a Cuba y por un momento pareció que aquellas preciosas máquinas se fueran a perder. En el fondo esto no hizo más que estimular el famoso ingenio cubano. Fabricando sus propias piezas o transformando las de algún viejo vehículo soviético los persistentes Harlistas cubanos consiguieron mantener en uso estas motocicletas, modelos de los años 30, 40 y 50, de las que quizá más de medio centenar sigan en marcha hoy día.

Gurú de estas mañas fue José Lorenzo Cortez, conocido como Pepe “Milésimas”, quién se convirtió en toda una leyenda en lo que a mantenimiento de una Harley con medios precarios se refiere. Baste decir que todos los años, por el día de San José, se organiza en La Habana una marcha masiva de motocicletas hasta su tumba en el Cementerio de Colón. Uno de sus discípulos, Sergio Morales, mantiene un pequeño taller abierto en Luyanó, al sur de la Vieja Habana, que se podría considerar como la Meca de las Harleys cubanas.

Durante los años 90, al principio del “Periodo Especial”, varias decenas, quizá más de un centenar de Harleys fueron compradas a precios ridículos por la tremenda devaluación del Peso y sacadas clandestinamente de la isla por varios extranjeros. Las leyes cubanas protegen la exportación de estos vehículos que por otra parte sus propietarios no han dudado en revalorizar ante el interés extranjero.

Unos cuantos entusiastas del motociclismo fundaron durante los 90 la MOCLA, Asociación Cubana de Motocicletas Clásicas (en Cuba no hay prácticamente motocicletas que no sean clásicas), no sin duro trabajo y con el objeto de fomentar la afición por las motos. Paralelamente existe desde más recientemente un capítulo cubano del LAMA, Latin American Motorcycle Association, con representación en diversos lugares del continente americano. Dichas asociaciones han conseguido que alguno de sus miembros haya podido viajar ya a Daytona o Sturgis e incluso se planteen viajar a Milwaukee en el centenario de Harley-Davidson.

La imagen del Harlista cubano contrasta frecuentemente con el estereotipo de biker occidental de actitud desafiante, sucio, blanco y peludo que normalmente camufla a un yuppie o a un profesional medio sepultado en letras bancarias, olvidándose de que la leyenda no la hacen las motocicletas sino las personas que las montan. Por contra los motociclistas cubanos son personas comunes, industriosas, bien afeitadas y con buenos modales que han sabido, con unos medios muy básicos, mantener sus motos en funcionamiento. Para los Harlistas cubanos su motocicleta supone un pequeño tesoro que les otorga cierto nivel social además de ser su único vehículo en la mayoría de los casos.

En estas Harleys que he fotografiado está escrita la historia de Cuba de los últimos 60 o 70 años, basta “leer” las imágenes con un poco de atención, escuchar las infinitas anécdotas que de ellas cuentan incansables sus orgullosos propietarios; Historias de la Cuba de Batista, historias de la Revolución, historias de bloqueo eterno y necesidad que generan historias de coraje y superación sostenidas por una intensa afición. Tan ligadas están estas motocicletas a la historia de aquella república caribeña que en su mayoría desaparecerán con el actual régimen del que, en el fondo, también son producto. La afición puede ser intensa pero al final la necesidad manda.